Nadie viene solo al mundo: nos rodea la familia que, tengamos o no al
lado, nos rodea con su historia como el vientre en el que estuvimos
nueve meses. Padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos: sus historias,
su vida, su origen nos hace ser quien somos, está en nosotros como está
la misma sangre: su retrato es también nuestro retrato. El sendero que
recorren desemboca en lo que somos. Sus historias son también
la Historia.
Todas estas cosas pensé un mediodía de otoño polaco en el Museo de
la Ciudad de Opole, mientras
con mi papá y su prima Alina recorríamos una y otra vez la exhibición de
fotos que estaba a punto de inaugurarse. No era simplemente la
incredulidad y la alegría de volver a visitar Polonia, volver a caminar
los lugares donde mi familia dejó sus pisadas, conocer a los parientes
lejanos que en un punto –esa historia, ese origen- se vuelven cercanos
con una cercanía inexplicable. Era que esa huella se volvía nítida: mi
abuelo, Zbigniew Ireneusz Wajszczuk, y la vida que lo llevó de Varsovia
a Quilmes, eran protagonistas, junto a otras cinco historias, de la
muestra Retratos de Prisioneros de Guerra que inauguró ese mediodía en
el moderno museo de piedra caliza y ventanales de vidrio.
Invitados por los curadores a la muestra, mi papá y yo emprendimos
durante una semana un viaje juntos por Polonia que vamos a recordar
toda nuestra vida. Primero, una soleada Varsovia, ciudad que me parece
mía cuando apenas la visité dos veces: será, otra vez, ese origen
inexplicable de donde venimos y los sitios que forman parte de un pasado
que no conocimos pero que de alguna manera misteriosa sigue latiendo en
algún lugar recóndito dentro de uno. Luego Siedlce, el pueblo donde
están enterrados mis tatarabuelos, y sus hijos, y los hijos de sus
hijos, y el recuerdo de las flores rojas y las velas blancas que les
ofrecimos como homenaje a quienes hicieron con sus huellas el camino que
hoy piso.
Y el destino del viaje –además de un viaje al centro de la propia
historia- nos llevó a Opole, donde el Museo de
la Ciudad organizó junto al
Museo Central de Prisioneros de Guerra en Lambinowice- Opole la muestra
de fotos que rescató la historia de mi abuelo de muchos años de
silencios heredados y aprendidos.
La historia de mi abuelo Ireneo, como le decíamos sus nietos,
había sido seleccionada como ejemplo de las miles de historias de los
anónimos protagonistas polacos de
la II Guerra. Como una manera
de contar la Historia desde las mínimas historias personales, encarnadas
en las fotos que sobrevivieron a esas mismas historias para sesenta años
después estar en el Museo de la Ciudad de Opole, cada una la pieza
irreemplazable sin la cual el rompecabezas de la Historia, parecían
decirnos a los que las mirábamos, no puede armarse. Allí estaba historia
de mi abuelo: sus fotos de juventud, los ojos azules de su hermana que
nunca conocí, los bigotes imponentes de mi bisabuelo, las fotos de su
casamiento y de mi padre bebé, el dibujo de la larga marcha a Siberia,
la pipa que talló mientras estaba prisionero y los documentos que lo
reconocían segundo teniente, las fotografías con el uniforme que lo
llevó del desierto de Egipto a las prácticas militares en Italia, de su
pueblito de Siedlce a Quilmes, del exilio en Inglaterra a la Argentina,
de su alias “Mís 2” al castellanizado “abuelo Ireneo”.
Vida entre las cientos de miles de vidas sin grandes condecoraciones ni
homenajes, vidas como las cientos de miles de vidas anónimas que
pelearon y sufrieron y también murieron por Polonia, apenas el retrato
de seis vidas entre los seiscientos cincuenta mil que fueron prisioneros
polacos de guerra en esos años.
Mirando las fotos de mi abuelo, y también las de Zofia y Jósef, Henryk,
Stanislaw y otro Josef, como si todas se vieran a través de una lupa de
aumento, y de repente cobraran vida por sí mismas – cada foto queriendo
contar una y mil historias que mi abuelo nunca contó en vida- , entendí
que las fotos que quedaron ERAN, todas ellas, la
Historia con mayúsculas. Y mientras a mi alrededor hablaban en ese
idioma tan extraño como cercano, sentí que era absolutamente imposible
contar la historia de esa época y la historia de Polonia sin la
historia de mi abuelo Zbigniew Ireneusz Wajszczuk.